De cómo un serrucho eléctrico se convirtió en un violín

No hay instrumento más horrible, ensordecedor, molesto y escandaloso de aprender que el violín. No exagero, para nada. La primera nota que aprendes a dar en un piano suena bien, afinada. El piano es un instrumento que te invita a tocarlo. Aunque no tengas ni idea de música, después de cinco minutos delante de uno puedes sacar incluso alguna melodía. Con el violín esto no pasa. Los más aventureros (e insensatos) que empiezan desde el primer momento con el arco, solo obtienen chirridos y ruidos grimosos que se asemejan al ruido que se produce al arañar una pizarra con unas uñas bien largas. ¿Quién en su sano juicio seguiría practicando en estas condiciones? La respuesta está clara: nadie. Por suerte para nosotros, o por desgracia para nuestros padres y personas a un radio de 2 Km, cuando empezamos a tocar el violín nuestro oído no está fino, por así decirlo. Vamos, que no distinguimos un la a 442 Hz de un claxon de un camión.

La cosa mejora con los años, si es que aún sigues tocando el violín. Lo que pasa es que, aunque ahora ya somos capaces de dar ciertas notas y de tocar “música”, todo suena mal. Da igual lo mucho que te esfuerces, todo suena mal. Mal no, ¡fatal! Hay que reconocer que no todo es culpa nuestra, también es del instrumento. Anda que no son malos los violines para aprender… Pero el verdadero problema es que es, en este momento, cuando empezamos a “afinar” nuestro oído y nos damos cuenta de lo mal que tocamos. Aquí mucho lo dejan, y con razón. Los más tercos seguimos unos años más.

Pasados seis años desde que hicimos la prueba para entrar al conservatorio, y mientras nuestros compañeros pianistas, flautistas, guitarristas, clarinetistas y un sin fin de istas más ya están tocando perfectamente, nosotros empezamos a tocar. Sin ningún adjetivo detrás, simplemente a tocar. Y lo más importante, a disfrutar tocando. ¡Qué duro es ser violinista! Pero que instrumento más precioso y agradable.