El Op. 64 de Mendelssohn

En plenas fiestas, la música está presente en todas partes. No hay más que caminar un poco para escuchar villancicos por el casco antiguo de la ciudad, en las tiendas o en los anuncios de televisión. Así que como ya estaréis cansados de tanta música simplona y repetitiva aquí os dejo uno de los conciertos más conocidos para violín y también uno de los más preciosos que se han escrito para este instrumento: el concierto en mi menor de Felix Mendelssohn.

[…] la entrada del violín sorpresivamente nos cautiva por la belleza de la melodía y por el timbre del instrumento sobre la cuerda Mi, su legato y su cantabile. Crece en intensidad la melodía, se desarrolla, deriva a pasajes rítmicos de bravura y termina su primera intervención con una brillante serie de octavas en crescendo hacia el agudo, que encadena de forma lógica la entrada en fortíssimo del tutti repitiendo el íntimo tema cantado por el violín pero ahora con la grandeza de su volumen sonoro. Breve Historia del Violín (Javier Morote)

Si ya es precioso escucharlo no os podéis imaginar lo que es tocarlo porque a pesar de sus dificultades está tan bien bien escrito… Se nota que Felix, aunque no fuera violinista, conocía bien el instrumento y sobre todo se dejo aconsejar por su amigo Ferdinand David, violinista virtuoso y a quien dedico el concierto. En total seis años de su vida dedicó a este concierto, seis años que se convierten en 30 minutos de intensa y emotiva música. Os invito a que lo escuchéis entero, aquí os dejo el primer movimiento interpretado por Julia Fischer.

De cómo un serrucho eléctrico se convirtió en un violín

No hay instrumento más horrible, ensordecedor, molesto y escandaloso de aprender que el violín. No exagero, para nada. La primera nota que aprendes a dar en un piano suena bien, afinada. El piano es un instrumento que te invita a tocarlo. Aunque no tengas ni idea de música, después de cinco minutos delante de uno puedes sacar incluso alguna melodía. Con el violín esto no pasa. Los más aventureros (e insensatos) que empiezan desde el primer momento con el arco, solo obtienen chirridos y ruidos grimosos que se asemejan al ruido que se produce al arañar una pizarra con unas uñas bien largas. ¿Quién en su sano juicio seguiría practicando en estas condiciones? La respuesta está clara: nadie. Por suerte para nosotros, o por desgracia para nuestros padres y personas a un radio de 2 Km, cuando empezamos a tocar el violín nuestro oído no está fino, por así decirlo. Vamos, que no distinguimos un la a 442 Hz de un claxon de un camión.

La cosa mejora con los años, si es que aún sigues tocando el violín. Lo que pasa es que, aunque ahora ya somos capaces de dar ciertas notas y de tocar “música”, todo suena mal. Da igual lo mucho que te esfuerces, todo suena mal. Mal no, ¡fatal! Hay que reconocer que no todo es culpa nuestra, también es del instrumento. Anda que no son malos los violines para aprender… Pero el verdadero problema es que es, en este momento, cuando empezamos a “afinar” nuestro oído y nos damos cuenta de lo mal que tocamos. Aquí mucho lo dejan, y con razón. Los más tercos seguimos unos años más.

Pasados seis años desde que hicimos la prueba para entrar al conservatorio, y mientras nuestros compañeros pianistas, flautistas, guitarristas, clarinetistas y un sin fin de istas más ya están tocando perfectamente, nosotros empezamos a tocar. Sin ningún adjetivo detrás, simplemente a tocar. Y lo más importante, a disfrutar tocando. ¡Qué duro es ser violinista! Pero que instrumento más precioso y agradable.